22 de julio de 2014

• LA PERDIDA PAZ DE MI GUERRA • 2.7






          Cada vez que mi mirada se pierde en el trajín de las calles, el claxon de un coche me devuelve a donde estoy. 


          Neones, farolas,  semáforos me acosan. No es fácil librase de sus ojos de Sauron de ciudad, ni de sus miradas suburbanas; y si nadie dijo que lo fuera, lo digo, ahora, yo. Mis ojos, zigzagueantes, son brújulas desimantadas, probablemente, por la fuerza centrífuga que aún generas en cada vuelta que en mi cabeza das. 

          Al verme por el retrovisor, recuerdé mi nombre. Más tarde pronuncio el tuyo. Durante segundos he tenido tu dulce de nueces en mi boca, salivando por el salitre que, aún queda, en la fina piel de tus labios, y tu melena ensortijando la mano de la brisa mediterranea, con suave caricia nocturna.

          La ciudad aún duerme bajo un melancólico tono violáceo. Las caras se desencajan y se ríen, deformadas, de si mismas, solas, en los charcos del baldeo en el asfalto, a la misma hora inexperta,   para los blancos que huyen borrachos, sin saber del matutino sorteo que el  francotirador escruta inmisericorde; la muerte. Siempre cambiando extraños en la noche por espectros al amanecer, con la macabra sonrisa de autobuses de línea. Aquí fuera, la noche pierde su batalla diaria, a pesar de que el motorista esquiva a la pálida dama, una vez más, o el kiosquero que agoniza en la ambulanciacon un palmo de navaja en el hígado.

          Qué lejos queda el olor a mar, y el puerto, cuando tus ojos clavaban la luna en el firmamento con dos chinchetas verdes limón y apagabas para mí las estrellas con tus parpadeos, serenos y elegantes. Cuanto pesa la paz perdida en tus brazos, y las batallas campales en el cabezal de tu cama, y los desatares entre las piernas.



           Hoy, desde la misma escollera, convoco a las algas secas, a las medusas desauciadas, a las espirales de las caracolas, a las botellas de plástico, a los condones flotantes, a las conchas melladas, a los pulpos mutilados, a la tripulación de la cáscara de nuez de los días felices, a los barquitos de papela las redes maltrechas y al alquitrán de las  plumas muertas, para que todos y todas salgan de las cuadriformes rocas del malecón, y me envainen en una cápsula calidoscópica, igual que un maldito gusano de seda tatuada, con mis algas marinas y escamas de gato. Una vez dentro, lo acomodaré de algo exacerbado y cintas viejas de The Cure y los Clash. 



          Puede que entre las paredes, a falta de seda, encuentre mi mirada. Puede que aniquile las bacterias del malo que acabe la sopa de letras donde se nutren mis miedos. Puede. Y el domingo al romper el alba, el cielo, a contra luz, puede que entre por algún huecoa, esa hora en que no se distinge lo azul de lo negro, ni el blanco del gris. La hora más corta, la madrugadora, y la más larga para las temblorosas manos del despertar precoz, sin bares abiertos ni tabaco
En las máquinas.

         Y por un dia seré tus alas de mariposa unidas por un solo cuerpo, en una metamorfosis anormal, alimentada por el ruido de las olas que emiten las caracolas, en los agónicos resplandores de los fuegos artificiales reflejados en los edificios, con sus estiradas y deformes sombras, colándose por las ventanas y azoteas.


           Y puede que despertemos sobre los hilos sueltos de la vida... -qué grande queda esa palabra en mi boca estando a tu lado- y sobre la cruceta de una sola noche en nuestras manos.



                                          Josetxu Erreke®Elgran Ausente 

Retocada por Josetxu Errekerre, Calle Llargarto s/n  primavera 2017.